El recolector de bayas
Compró en el bazar del pueblo un zurrón, unas tijeras de punta roma, unos guantes de cuero, una lupa, un bastón de madera rematado en un cayado de acero, unos botes de cristal, una hogaza de pan y un pedazo de queso de cabra artesanal y aceitado, y con tales pertrechos partió hacia … ¿Quién sabe hacia dónde? .
Dónde le llevase el otoño, donde la ciudad se hace campo y el campo soledad, donde los caminos no existen y las plantas te hablan al oído contándote los romances habidos y acaecidos en la primavera, cuando se vistieron de gala, florecieron los macizos y por toda la campiña brotaron colores sobre las ramas desnudas, arropándolas de flores, y celestinas aladas, insectos de colores, transportaban en sus cuerpos, hechos serones de almacenamiento, granitos de polen, de mata a mata, de estambre a pistilo. Rediez, otra planta preñada. Y en el dulce otoño, la tierra pare sus frutos, sin dolor, en la inmensidad del prado, libres de todo pecado, ajenos a ojos extraños. El abuelo, el abuelo no es un extraño, ya es tan familiar en el prado que las hierbas le llaman por su nombre al pasar, sus ojos ya no son los de antes, precisa lentes, pero es cabezota y testarudo hasta el hartazgo, no interpondrá nada ante su mirada excepto cuando lo necesite de veras. En la era, a la luz de día, camina mirando el suelo, es otoño, y el recolector de frutos ha salido de paseo, lleva un lápiz, una libreta pequeña y en su cabeza, el nombre de decenas de especies vegetales, cada día encuentra una nueva, una que no conocía, la dibuja, apunta el lugar donde se encuentra, la fecha, y al regresar buscará en sus libros un nombre, si no lo encuentra, él se lo inventa, le pone uno, la bautiza y ya está, forma parte de su archivo, su testamento vital, su herencia generacional, esa que le pasó su padre y a este su abuelo, pues aun recuerda aquel tiempo, sus paseos correteando tras los gigantescos pasos de su abuelo, debía correr trotando para no perderse de su lado, daba pasos de 7 leguas el viejo y él era tan chiquito que para ir a su paso debía corretear sin descanso, fue su abuelo quien le llevó y enseñó los secretos del campo, del prado, del bosque, quien le mostró los senderos del níscalo y la trufa, del cardillo y el espárrago, del caracol y la miel, pero hoy, hoy tan sólo ha salido a buscar el fruto del otoño, drupas, bayas, núculas, legúmbres, todo le sirve, todo lo clasifica, todo lo data. Ya el otoño preñado va desprendiendo sus hijos y el abuelo los va recogiendo, pues tiene un sueño, sueña con crear un mundo vegetal en la luna, si, en la luna, lleno de diversidad plenipotenciaria, variedad de especies, pluralidad pletórica de individualidades diferenciadas, no le importa que él ya sea diciembre, pues otro continuará su labor.
Es otoño, la tierra ya parió. En la luna, un día, anidará una flor.
2 comentarios
white -
Precioso Chema.
maria -